23 de septiembre de 2008

A la sombra de septiembre (I)

Septiembre me descubrió amaneciendo en la estación de autobuses de Badajoz. Me plantaba allí para arreglar todo el papeleo preuniversitario y, ya que estaba, explorar de primera mano lo que iba a ser mi futuro hábitat. Pasé una semana allí, durmiendo en un sofá-cama y madrugando para llevar tal o cual documento a este o al otro sitio. Lo bueno que tenía este rollo era que me dejaba el resto del día para hacer el vagabundo por la ciudad, y los días eran grandes y soleados. Al sumergirme más y más me di cuenta de que sólo conocía la punta de un inmenso iceberg de asfalto, edificios e Historia. La excéntrica capital de una provincia perdida parecía un sitio cojonudo para un tipo como yo.

Una vez que acabé con todos esos asuntos volví al pueblo. Pero no estaba dispuesto a esperar sentado delante de la ventana a que se me pasara el verano. Así que me puse a rehacer el equipaje para marcharme aún más lejos. Si esta historia va de algo concreto, es sobre todo de autobuses, billetes, estaciones y cojones. Y ahí estaba yo, deambulando por el intrincado entramado de líneas de autobús. Escasas veinticuatro horas después de haberla dejado me encontraba de nuevo en Badajoz. Pero no estuve allí ni media hora, puesto que antes de que quisiera darme cuenta estaba saliendo para Maryland; donde compré un billete para Stonenbridge que me encasquetaba cinco horas de espera hasta coger de nuevo otro autobús. Me dejé guiar por mi olfato y por mi memoria hasta un Mc Donalds donde pude saciar mi hambre con deliciosas basuras alimenticias. Hice tiempo en un centro comercial, hasta que me entró la agorafobia y me volví corriendo hacia la estación. Tras una larga y tediosa espera piqué billete y me fui para mi asiento, donde me aguardaba una fatigosa noche de duermevela. Luego vinieron los despertares sobresaltados en estaciones de autobuses de ciudades perdidas en la oscuridad. Cáceres, Plasencia, Salamanca, Zamora, Ourense, Vigo. Y finalmente Pontevedra; 07:35 am.

Lo de mi ascensión al paraíso no os lo voy a contar. Eso se queda entre Eva, yo y el que manda. Los que hemos estado allí somos así de reacios a hablar sobre ello. Pero las cosas se acaban, y yo tuve que volver al número 7, calle Melancolía.

Para entonces era ya el día 19 de septiembre, y yo había estado allí arriba; en lugar de quedarme sentado viendo la vida pasar.

2 comentarios:

Krys dijo...

sisi!
yo soy yo, tú eres tú

:D

Moradora dijo...

Escribo con retraso aquí pero me ha parecido adecuado hacerlo. Érase una vez la dueña de una flor...